Criar un hijo es, probablemente, el mayor desafío al que nos enfrentamos en la vida. Desde los tiempos más antiguos sabemos que necesitamos una “tribu” para lograrlo exitosamente. Sin embargo, el mundo ha cambiado radicalmente, poniendo las pantallas, y todo el entretenimiento que estas ofrecen, como las protagonistas principales de esta tribu. Las pantallas hoy en día son la niñera más eficaz, la solución para el aburrimiento, el antídoto para la espera y la soledad, la pomada canaria para evadir las emociones y el “mejor medio de socialización”.
Lo más llamativo es que desde los primeros meses de vida de un niño se las ofrecemos sin investigar -ni conocer- el impacto tan negativo que ocasionan en los cerebros en desarrollo. El cerebro de los niños es lo que se conoce como “una promesa por cumplir” y desde su nacimiento está creando constantemente conexiones entre las neuronas, que van a ser los cimientos cerebrales sobre los que se construirá la salud mental y las funciones cognitivas que le permitirán desarrollar su máximo potencial.
Los descubrimientos científicos han avanzado de forma vertiginosa aportando nuevos datos sobre el cerebro de los niños y adolescentes, y sus necesidades básicas para desarrollarse sanos física y mentalmente. El juego libre, la actividad física, la interacción con la naturaleza, la exposición a la luz del sol, la ingesta de nutrientes adecuados para la microbita intestinal la interacción con otros seres humanos han demostrado ser críticos. Las pantallas no son parte de esta ecuación y la evidencia es contundente: somos seres vinculares -no digitales- como nos han hecho creer.
Cuando hablamos de tecnología estamos en tierra de nadie. Nos sedujeron con dispositivos electrónicos diseñados para facilitarnos la vida a un click de la felicidad. Nos entregaron videojuegos, redes sociales y múltiples opciones de entretenimiento sin una advertencia en negrita y en mayúsculas: CREA ADICCIÓN. Porque estos aparatos activan los mismos circuitos de recompensa y la misma hormona que cualquier otra droga. Por si fuera poco, cada vez más estudios afirman los efectos negativos en el cerebro de los niños. Se sabe que un mayor tiempo de exposición a estos dispositivos está relacionado con cáncer de cerebro, déficit de atención, dificultades para regular las emociones, retraso en el desarrollo del lenguaje, alteraciones en la cantidad y calidad del sueño, baja autoestima, deterioro en el desarrollo de la vista, intensificación de síntomas en niños con autismo y adicción. Esto es así porque repercute en la maduración de distintas estructuras y funciones del cerebro, además de la química cerebral que está en desarrollo.
Cuando un niño tiene una sobreexposición a los aparatos electrónicos y llega a la adolescencia con un cerebro inmaduro –con cimientos cerebrales débiles y con conexiones neuronales que no son tan útiles–, y vive los cambios químicos y estructurales propios de esa etapa, se encuentra sumamente vulnerable y expuesto a presentar enfermedades mentales.